Ella dormía aunque yo no estuviera. Pese a sonar increíble, era cierto.
Acomodaba la cabeza contra la almohada y dejaba en ella su sonrisa impresa a fuerza de empeño, de horas. Dormía sin tregua, sin temor, dormía como dormiría alguien que no supiera cuándo volverá a poder descansar. A veces despertaba demasiado pronto y enfurruñada volvía a estirar las sábanas por encima del cuello, temblando de placer al recordar que todavía le quedaba por lo menos un poquito más.
Su respiración resquebrajaba el silencio y yo la habría oído de haber estado allí. Sin embargo, aunque yo no estuviera, ella dormía.
Cuando tardaba un poquito en conciliar el sueño se giraba sin parar, aplastando la nariz contra un colchón falto de cariño mientras gemía muy suavemente, como una niña a la que no le gusta que le hagan cosquillas.
Me odiaba infantilmente cuando la despertaba con dulzura, zarandeándola suavemente por los hombros mientras pronunciaba su nombre, a veces susurrando, a veces con acento paternal; me daba la espalda, indignada, y juraba no volver a dirigirme la palabra si me atrevía a despertarla una sola vez más. A los diez minutos se oía el sonido de sus pies descalzos tocando el suelo, el sonido de dos zapatillas entrando en el baño, la llave del agua, el sonido de dos zapatos entrando en la cocina, un beso en la mejilla,
¿Has dormido bien? No he podido pegar ojo.
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jueves, 23 de septiembre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
Tabú
Jack y Julia durmieron, o quizá simplemente arruinaron el sueño, juntos, en un suelo de matrimonio, exentos de responsabilidades, apestando a alcohol y a sudor, sumidos en un éxtasi impropio de los no consumidores.
Durante la noche anterior habían follado hasta la saciedad. No hicieron el amor, no echaron un polvo, follaron, porque follar es lo que hace la gente que es joven y todavía tiene esperanza. Follaron en un bar. No en los lavabos, no en la trastienda. Follaron en el suelo, a la vista de un público demasiado concentrado en su muerte como para prestar atención a los teatros de variedades. Follaron donde todo el mundo podía ver y los voyeurs no levantaron la vista del plato o vaso o copa que habían pagado para ver follar, avergonzados, atesorando de golpe unos escrúpulos y un pudor que hasta el momento no hubieran podido ni deletrear. Follaron como si cada uno pagara un precio excesivo por follar con el otro, como si quisieran aprovechar cada aliento por fétido que fuera, porque al fin y al cabo lo habían pagado y les pertenecía. Follaron como si no hubiera ayer, como si el mañana estuviera girado, follaron con desesperación y empeño. Follaron una y otra vez, a ratos follaron como robots, sin pasión, demasiado exhaustos como para parar de follar. Pero hicieran lo que hicieran siempre terminaban follando, con ímpetu, con desgana, con o sin amor. Follaron con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, follaron callados y gritando, follaron susurrándose sus nombres al oído e insultándose con fervor. Follaron hasta que el tiempo, o quien quiera que gobierne el paso de un fotograma al siguiente, sintió la necesidad de parpadear, y cuando volvió a liberar las pestañas todo había terminado. Ambos yacían, catatónicos, en el casi sacro suelo que había albergado la función; yacían o descansaban o morían o se desquiciaban inmóvilmente, fundidos, creando una extraña aleación.
Un nuevo día asomó con timidez entre los edificios de La Ciudad. Un camarero, hombre de hígados, reparó en el par cadáveres que reposaban inquietantemente en el próximo lugar que le tocaba barrer. Mientras trataba dirigirlos, infructuosamente, hacia la calle, como si de motas de polvo se tratara, uno de los dos cuerpos se revolvió y murmuró o gruñó cualquier cosa. El empleado, manteniendo sus nervios de acero, escrutó las caras de los malparados clientes. Uno era un capitán de La Guardia, un hijo de puta, según su opinón. El otro cuerpo correspondía al de la señorita Reid, quien realizaba visitas con cierta regularidad a la casa de su jefe.
Con el primero no tuvo piedad. Tras propinarle una patada , teniendo la certeza de que no podía defenderse, se lo colocó, no sin esfuerzo, sobre el hombro derecho y lo transportó hasta el callejón al que se accedía por la entrada trasera del bar. Una vez allí lo registró, buscando cualquier objeto de valor, y dos vueltas de bolsillo y una sonrisa nefasta después depositó el guardia en el suelo, permitiendo que la cabeza rebotara alegremente contra los ladrillos, despertando apenas un imperceptible quejido.
Con la mujer se comportó mejor. Una vez hubo deshecho sus pasos, se concentró en la pelirroja que dormía plácidamente -o de eso estaba convencido- en el salón de su maravilloso pub. La muchacha estaba decididamente vestida, o por lo menos llevaba la ropa puesta. Al contrario que Russell, cuya indumentaria había aguantado el envite, el salvajismo de la noche pasada había desgarrado y reducido a la condición de harapos las vestiduras, ya escasas usualmente, de Julia. El trabajador se entretuvo en contemplar cada uno de los recovecos que formaban la figura de la señorita Reid, colocándola a su antojo, sin privarse de usar el sentido del tacto allí donde fuera necesario o apetecible. Cuando hubo aplacado la curiosidad -quizá cuando sucumbió por fin a la sensación de que alguien le observaba en la sombra- asió el cuerpo todavía inconsciente o dormido, como si de una princesa se tratara: los pies de Julia colgando del brazo derecho del camarero y la espalda descansando en el izquierdo. Como si tuviera miedo de perderla, palpó y posteriormente abandonó la mano encima de uno de sus senos, en actitud vagamente protectora. Subió el tramo de escalera que conducía a las dependencias del piso superior, donde había unas cuantas camas llenas de piojos, ávidos de la sangre azul que avanzaba hacia ellos. Dejó caer a la mujer en una de ellas y reflexionó sobre su futuro inmediato sin ni siquiera sentarse. Rápidamente tomó una decisión: se bajó con gesto experto la cremallera y se dispuso a penetrar a Julia, excitado por el episodio que acababa de vivir. El gemido que oyó a continuación fue merecedor del premio a la mayor desilusión, así que para cuando la señorita Reid hubo abierto los ojos el camarero ya había embutido, de nuevo, su aparato reproductor al completo dentro de unos pantalones repentinamente estrechos.
Durante la noche anterior habían follado hasta la saciedad. No hicieron el amor, no echaron un polvo, follaron, porque follar es lo que hace la gente que es joven y todavía tiene esperanza. Follaron en un bar. No en los lavabos, no en la trastienda. Follaron en el suelo, a la vista de un público demasiado concentrado en su muerte como para prestar atención a los teatros de variedades. Follaron donde todo el mundo podía ver y los voyeurs no levantaron la vista del plato o vaso o copa que habían pagado para ver follar, avergonzados, atesorando de golpe unos escrúpulos y un pudor que hasta el momento no hubieran podido ni deletrear. Follaron como si cada uno pagara un precio excesivo por follar con el otro, como si quisieran aprovechar cada aliento por fétido que fuera, porque al fin y al cabo lo habían pagado y les pertenecía. Follaron como si no hubiera ayer, como si el mañana estuviera girado, follaron con desesperación y empeño. Follaron una y otra vez, a ratos follaron como robots, sin pasión, demasiado exhaustos como para parar de follar. Pero hicieran lo que hicieran siempre terminaban follando, con ímpetu, con desgana, con o sin amor. Follaron con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, follaron callados y gritando, follaron susurrándose sus nombres al oído e insultándose con fervor. Follaron hasta que el tiempo, o quien quiera que gobierne el paso de un fotograma al siguiente, sintió la necesidad de parpadear, y cuando volvió a liberar las pestañas todo había terminado. Ambos yacían, catatónicos, en el casi sacro suelo que había albergado la función; yacían o descansaban o morían o se desquiciaban inmóvilmente, fundidos, creando una extraña aleación.
Un nuevo día asomó con timidez entre los edificios de La Ciudad. Un camarero, hombre de hígados, reparó en el par cadáveres que reposaban inquietantemente en el próximo lugar que le tocaba barrer. Mientras trataba dirigirlos, infructuosamente, hacia la calle, como si de motas de polvo se tratara, uno de los dos cuerpos se revolvió y murmuró o gruñó cualquier cosa. El empleado, manteniendo sus nervios de acero, escrutó las caras de los malparados clientes. Uno era un capitán de La Guardia, un hijo de puta, según su opinón. El otro cuerpo correspondía al de la señorita Reid, quien realizaba visitas con cierta regularidad a la casa de su jefe.
Con el primero no tuvo piedad. Tras propinarle una patada , teniendo la certeza de que no podía defenderse, se lo colocó, no sin esfuerzo, sobre el hombro derecho y lo transportó hasta el callejón al que se accedía por la entrada trasera del bar. Una vez allí lo registró, buscando cualquier objeto de valor, y dos vueltas de bolsillo y una sonrisa nefasta después depositó el guardia en el suelo, permitiendo que la cabeza rebotara alegremente contra los ladrillos, despertando apenas un imperceptible quejido.
Con la mujer se comportó mejor. Una vez hubo deshecho sus pasos, se concentró en la pelirroja que dormía plácidamente -o de eso estaba convencido- en el salón de su maravilloso pub. La muchacha estaba decididamente vestida, o por lo menos llevaba la ropa puesta. Al contrario que Russell, cuya indumentaria había aguantado el envite, el salvajismo de la noche pasada había desgarrado y reducido a la condición de harapos las vestiduras, ya escasas usualmente, de Julia. El trabajador se entretuvo en contemplar cada uno de los recovecos que formaban la figura de la señorita Reid, colocándola a su antojo, sin privarse de usar el sentido del tacto allí donde fuera necesario o apetecible. Cuando hubo aplacado la curiosidad -quizá cuando sucumbió por fin a la sensación de que alguien le observaba en la sombra- asió el cuerpo todavía inconsciente o dormido, como si de una princesa se tratara: los pies de Julia colgando del brazo derecho del camarero y la espalda descansando en el izquierdo. Como si tuviera miedo de perderla, palpó y posteriormente abandonó la mano encima de uno de sus senos, en actitud vagamente protectora. Subió el tramo de escalera que conducía a las dependencias del piso superior, donde había unas cuantas camas llenas de piojos, ávidos de la sangre azul que avanzaba hacia ellos. Dejó caer a la mujer en una de ellas y reflexionó sobre su futuro inmediato sin ni siquiera sentarse. Rápidamente tomó una decisión: se bajó con gesto experto la cremallera y se dispuso a penetrar a Julia, excitado por el episodio que acababa de vivir. El gemido que oyó a continuación fue merecedor del premio a la mayor desilusión, así que para cuando la señorita Reid hubo abierto los ojos el camarero ya había embutido, de nuevo, su aparato reproductor al completo dentro de unos pantalones repentinamente estrechos.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Segunda contienda - principio del principio.
Primero dos puntos oscuros, debajo unos labios. Las comisuras se curvan suavemente hacia lo dos puntos oscuros, como si los señalaran. La máscara está sonriendo y los dos puntos oscuros podrían parecer unos ojos. Están completamente desnudos.
Aparecen unos dientes, llenando el espacio vacío que dejaron los labios al curvarse. Exactamente a mitad de camino entre los labios y los puntos oscuros, dos mejillas toman forma, una a cada lado. La máscara obtiene el color carne, pero las mejillas recién nacidas mantienen un tono ligeramente rojizo, vergonzoso. Surge la barbilla, redondeada, las dos orejas, con sendos agujeros para un par de pendientes; parece una máscara femenina. La nariz no tarda en hacerse notar, imperfecta, humana, única.
De pronto la máscara es la cara de una mujer. Las cejas, rezagadas, hacen acto de presencia, así como un corte de pelo moreno a juego. Definitivamente, ya no se puede ver la máscara, sólo la cara de una mujer.
Los dos puntos oscuros siguen siendo ellos mismos, pero ya no están desnudos. Se han ataviado con un conjunto de pestañas largas y un brillo improcedente se empeña en aferrarse a ellos, luchando por desproveerlos de su adjetivo.
Dos ojos parpadean y, por un momento, es inevitable confundirlos con dos puntos oscuros. Quizá es porque están tristes. Aparece en escena una mano, y uno de sus dedos pasa el tiempo enrollando mecánicamente mechones de pelo negro. Las comisuras de los labios siguen estando curvadas hacia arriba, engañando. Los ojos son mucho más honrados.
Un cuerpo entero se ve sentado en una silla de madera con reposabrazos, la espalda levemente inclinada, las piernas golpeando rítmicamente el suelo, nerviosas. Un brazo acompañando a la mano juguetona, el otro reposando, con falsa tranquilidad.
La máscara deja de ser una máscara, la máscara era un disfraz. Tú eras la máscara, pero ahora sólo puedo verte a ti.
Aparecen unos dientes, llenando el espacio vacío que dejaron los labios al curvarse. Exactamente a mitad de camino entre los labios y los puntos oscuros, dos mejillas toman forma, una a cada lado. La máscara obtiene el color carne, pero las mejillas recién nacidas mantienen un tono ligeramente rojizo, vergonzoso. Surge la barbilla, redondeada, las dos orejas, con sendos agujeros para un par de pendientes; parece una máscara femenina. La nariz no tarda en hacerse notar, imperfecta, humana, única.
De pronto la máscara es la cara de una mujer. Las cejas, rezagadas, hacen acto de presencia, así como un corte de pelo moreno a juego. Definitivamente, ya no se puede ver la máscara, sólo la cara de una mujer.
Los dos puntos oscuros siguen siendo ellos mismos, pero ya no están desnudos. Se han ataviado con un conjunto de pestañas largas y un brillo improcedente se empeña en aferrarse a ellos, luchando por desproveerlos de su adjetivo.
Dos ojos parpadean y, por un momento, es inevitable confundirlos con dos puntos oscuros. Quizá es porque están tristes. Aparece en escena una mano, y uno de sus dedos pasa el tiempo enrollando mecánicamente mechones de pelo negro. Las comisuras de los labios siguen estando curvadas hacia arriba, engañando. Los ojos son mucho más honrados.
Un cuerpo entero se ve sentado en una silla de madera con reposabrazos, la espalda levemente inclinada, las piernas golpeando rítmicamente el suelo, nerviosas. Un brazo acompañando a la mano juguetona, el otro reposando, con falsa tranquilidad.
La máscara deja de ser una máscara, la máscara era un disfraz. Tú eras la máscara, pero ahora sólo puedo verte a ti.
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