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domingo, 19 de septiembre de 2010

Tabú

Jack y Julia durmieron, o quizá simplemente arruinaron el sueño, juntos, en un suelo de matrimonio, exentos de responsabilidades, apestando a alcohol y a sudor, sumidos en un éxtasi impropio de los no consumidores.
Durante la noche anterior habían follado hasta la saciedad. No hicieron el amor, no echaron un polvo, follaron, porque follar es lo que hace la gente que es joven y todavía tiene esperanza. Follaron en un bar. No en los lavabos, no en la trastienda. Follaron en el suelo, a la vista de un público demasiado concentrado en su muerte como para prestar atención a los teatros de variedades. Follaron donde todo el mundo podía ver y los voyeurs no levantaron la vista del plato o vaso o copa que habían pagado para ver follar, avergonzados, atesorando de golpe unos escrúpulos y un pudor que hasta el momento no hubieran podido ni deletrear. Follaron como si cada uno pagara un precio excesivo por follar con el otro, como si quisieran aprovechar cada aliento por fétido que fuera, porque al fin y al cabo lo habían pagado y les pertenecía. Follaron como si no hubiera ayer, como si el mañana estuviera girado, follaron con desesperación y empeño. Follaron una y otra vez, a ratos follaron como robots, sin pasión, demasiado exhaustos como para parar de follar. Pero hicieran lo que hicieran siempre terminaban follando, con ímpetu, con desgana, con o sin amor. Follaron con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, follaron callados y gritando, follaron susurrándose sus nombres al oído e insultándose con fervor. Follaron hasta que el tiempo, o quien quiera que gobierne el paso de un fotograma al siguiente, sintió la necesidad de parpadear, y cuando volvió a liberar las pestañas todo había terminado. Ambos yacían, catatónicos, en el casi sacro suelo que había albergado la función; yacían o descansaban o morían o se desquiciaban inmóvilmente, fundidos, creando una extraña aleación.
Un nuevo día asomó con timidez entre los edificios de La Ciudad. Un camarero, hombre de hígados, reparó en el par cadáveres que reposaban inquietantemente en el próximo lugar que le tocaba barrer. Mientras trataba dirigirlos, infructuosamente, hacia la calle, como si de motas de polvo se tratara, uno de los dos cuerpos se revolvió y murmuró o gruñó cualquier cosa. El empleado, manteniendo sus nervios de acero, escrutó las caras de los malparados clientes. Uno era un capitán de La Guardia, un hijo de puta, según su opinón. El otro cuerpo correspondía al de la señorita Reid, quien realizaba visitas con cierta regularidad a la casa de su jefe.
Con el primero no tuvo piedad. Tras propinarle una patada , teniendo la certeza de que no podía defenderse, se lo colocó, no sin esfuerzo, sobre el hombro derecho y lo transportó hasta el callejón al que se accedía por la entrada trasera del bar. Una vez allí lo registró, buscando cualquier objeto de valor, y dos vueltas de bolsillo y una sonrisa nefasta después depositó el guardia en el suelo, permitiendo que la cabeza rebotara alegremente contra los ladrillos, despertando apenas un imperceptible quejido.

Con la mujer se comportó mejor. Una vez hubo deshecho sus pasos, se concentró en la pelirroja que dormía plácidamente -o de eso estaba convencido- en el salón de su maravilloso pub. La muchacha estaba decididamente vestida, o por lo menos llevaba la ropa puesta. Al contrario que Russell, cuya indumentaria había aguantado el envite, el salvajismo de la noche pasada había desgarrado y reducido a la condición de harapos las vestiduras, ya escasas usualmente, de Julia. El trabajador se entretuvo en contemplar cada uno de los recovecos que formaban la figura de la señorita Reid, colocándola a su antojo, sin privarse de usar el sentido del tacto allí donde fuera necesario o apetecible. Cuando hubo aplacado la curiosidad -quizá cuando sucumbió por fin a la sensación de que alguien le observaba en la sombra- asió el cuerpo todavía inconsciente o dormido, como si de una princesa se tratara: los pies de Julia colgando del brazo derecho del camarero y la espalda descansando en el izquierdo. Como si tuviera miedo de perderla, palpó y posteriormente abandonó la mano encima de uno de sus senos, en actitud vagamente protectora. Subió el tramo de escalera que conducía a las dependencias del piso superior, donde había unas cuantas camas llenas de piojos, ávidos de la sangre azul que avanzaba hacia ellos. Dejó caer a la mujer en una de ellas y reflexionó sobre su futuro inmediato sin ni siquiera sentarse. Rápidamente tomó una decisión: se bajó con gesto experto la cremallera y se dispuso a penetrar a Julia, excitado por el episodio que acababa de vivir. El gemido que oyó a continuación fue merecedor del premio a la mayor desilusión, así que para cuando la señorita Reid hubo abierto los ojos el camarero ya había embutido, de nuevo, su aparato reproductor al completo dentro de unos pantalones repentinamente estrechos.

1 comentario:

  1. Diria aquello de ''no empecemos a chuparnos las pollas todavía'', pero no creo que el relato merezca otra cosa. Me ha encantado.

    ¿Alguien tiene un cepillo de dientes?

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