Primero dos puntos oscuros, debajo unos labios. Las comisuras se curvan suavemente hacia lo dos puntos oscuros, como si los señalaran. La máscara está sonriendo y los dos puntos oscuros podrían parecer unos ojos. Están completamente desnudos.
Aparecen unos dientes, llenando el espacio vacío que dejaron los labios al curvarse. Exactamente a mitad de camino entre los labios y los puntos oscuros, dos mejillas toman forma, una a cada lado. La máscara obtiene el color carne, pero las mejillas recién nacidas mantienen un tono ligeramente rojizo, vergonzoso. Surge la barbilla, redondeada, las dos orejas, con sendos agujeros para un par de pendientes; parece una máscara femenina. La nariz no tarda en hacerse notar, imperfecta, humana, única.
De pronto la máscara es la cara de una mujer. Las cejas, rezagadas, hacen acto de presencia, así como un corte de pelo moreno a juego. Definitivamente, ya no se puede ver la máscara, sólo la cara de una mujer.
Los dos puntos oscuros siguen siendo ellos mismos, pero ya no están desnudos. Se han ataviado con un conjunto de pestañas largas y un brillo improcedente se empeña en aferrarse a ellos, luchando por desproveerlos de su adjetivo.
Dos ojos parpadean y, por un momento, es inevitable confundirlos con dos puntos oscuros. Quizá es porque están tristes. Aparece en escena una mano, y uno de sus dedos pasa el tiempo enrollando mecánicamente mechones de pelo negro. Las comisuras de los labios siguen estando curvadas hacia arriba, engañando. Los ojos son mucho más honrados.
Un cuerpo entero se ve sentado en una silla de madera con reposabrazos, la espalda levemente inclinada, las piernas golpeando rítmicamente el suelo, nerviosas. Un brazo acompañando a la mano juguetona, el otro reposando, con falsa tranquilidad.
La máscara deja de ser una máscara, la máscara era un disfraz. Tú eras la máscara, pero ahora sólo puedo verte a ti.
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